El
día está completamente apagado, sentada en el sillón, escucha a los
vecinos quejarse del cielo gris, no hacen más que criticarlo, el día
definitivamente les provoca tristeza.
Su
melancolía de hoy ya no es triste, ya no llora, no trata de cerrar
heridas que parecen imposibles de cerrar. En el sillón de siempre lo
piensa, lo extraña al punto de sentir su falta, de sentir una especie de
dolor. Sentir la ausencia de los abrazos y de los besos, de pasar los
dedos por su pelo color café.
La
espera a su llegada, las ansias, siente que los minutos caen de un
cuentagotas, el tiempo pasa demasiado lento para su gusto, por lo menos
cuando su vacío se da. Contrariamente a lo que pasa en presencia del
chico marrón.
La
soledad es interrumpida por el portero estrepitoso, levanta el
interfono, del otro lado su voz, siente esas ganas de correr por el
pasillo pero contiene su impulso mientras piensa en abrazar a su
interlocutor como pocas veces abrazó, en ese momento lo demás se
detiene, o baja tempo, todo se calma.
Abre la gran puerta blanca, se miran y se dicen todo.
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